La disrupción pública rara vez se parece a una escena de garaje. Ocurre en una mesa técnica, en una pregunta incómoda, en un procedimiento que se simplifica o en un dato que por fin se usa para decidir.
Conocer la norma es indispensable. Pero cumplirla no debería impedirnos preguntar si el proceso sigue produciendo el valor para el que fue creado. La disciplina y la imaginación institucional no son opuestas.
Incomodar con evidencia
La crítica útil no se limita a señalar. Formula alternativas, mide consecuencias y acepta que transformar una institución requiere paciencia estratégica.
Un burócrata disruptivo no busca romper el sistema por espectáculo. Aprende a moverlo desde dentro, con rigor técnico, sentido público y suficiente persistencia para que una buena idea sobreviva al trámite.

